Apuntes de un aprendiz: Un nuevo país

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Apuntes de un aprendiz: Un nuevo país
Por: Lionel Alejandro Santiago-Vega

I

cultura2Mi hijo tenía aproximadamente siete años. Esa tarde me preguntó: “¿qué es cultura?” Esas palabras fueron suficientes por odiar el momento histórico presente. Hacen poco casi dos décadas que Estados Unidos cayó por tercera vez consecutiva en una depresión que hizo su economía insostenible. El entonces presidente decidió tomar medidas severas. Para comenzar le dio la independencia a Hawaii, Canadá trató por todos los medios de anexionar a Alaska sin embargo los americanos decidieron mantenerla debido a los recursos petroleros. Texas se ha tambaleado entre la independencia y la unión con México quien superó su crisis monetaria al encontrar minerales de alto valor en su zona sur oriental. Las colonias fueron liberadas sin más ni menos. Ya que no fue un proceso político sino una decisión financiera no hubo ninguna compensación y el proceso fue inmediato. Como se esperaba aquí la gente se volvió loca, los cupones desaparecieron en menos de tres meses. Los comercios pequeños se fueron a juste e incluso la banca desapareció al ejecutarse una congelación de cuentas bancarias de parte del gobierno.

Para ese tiempo yo andaba recién casado y tuvimos que hacer de tripas corazones no solo para sobrevivir el hambre sino para protegernos. Los ricos se fueron huyendo y dejaron casas que fueron saqueadas casi de inmediato. Muchos se fueron temiendo perder su virtud de ciudadano estadounidense para encontrarse con la sorpresa de que al momento de declararse nuestra independencia perdimos todos los derechos; seguro social y todo. Los más desesperados trataron de huir en barco a la República Dominicana pues los aeropuertos interrumpían los vuelos casi a diario. Los cascos urbanos fueron sometidos a vigilancia militar de parte de nuestro gobierno. Los militares cometían más abusos que los civiles. Yo le decía a mi esposa que esta situación tomaría tiempo pero se normalizaría.

cambioJamás pensé que luego de casi veinte años está era nuestra nueva normalidad. La falta de alimentos llegó a tal punto que el robo obtuvo una condena igual que el asesinato. Poco a poco las iglesias fueron cerrando al punto que muchos decían, medio en broma medio en serio, que Dios era anexionista y se fue con los gringos. Con una esperanza religiosa casi nula la moral decayó en un santiamén. Era como si la ira se llevara a flor de piel 24/7. Todos andaban armados y todos lo sabían. Peor aún, muchos buscaban cualquier excusa para eliminar a alguien.

II

El colapso económico, por otra parte, trajo consigo algunos cambios. Para empezar, ya nadie pedía en las calles. Los dólares habían perdido tanto su valor que muchos los coleccionaban como una curiosidad del pasado. En gran parte el intercambio se hacía por medio de trueques. Los adictos tuvieron que reinventarse pues nadie cambia cocaína por guineos y muchos narcos perdieron su interés en la isla. ¡Al menos algo bueno tenía que suceder!

Cuando los cascos urbanos comenzaron a llenarse del olor a muertos (suicidios, heridos sin atender etc…) tratamos de lidiar como fuera posible. Las fosas comunes dejaron de doler tanto como las primeras semanas. No obstante, al momento en que comenzamos a ver a niños prostituyéndose a cambio de comida, a viejos cocinando sus mascotas y al gobierno convertirse en una orden militar empacamos con celeridad todo lo que cabía en nuestra guagua y nos mudamos al campo. Lo que no cupo lo cambiamos por cosas importantes y livianas. El sofá grande por dos escopetas y suficientes municiones. El cd player por una gallina ponedora y un gallo. Las prendas (salvo los aros matrimoniales) las cambiamos por un perro entrenado. Fuimos mudándonos poco a poco, evitando así las sospechas y cumpliendo con los toques de queda. La finca que mis viejos tenían en el campo era bastante retirada de todo, y con los caminos hechos un desastre era aun mejor. Mis padres habían fallecido años antes y solo tendíamos visitarla cuando podíamos y le pagábamos a don Jonás para que cuidara los animales. Cuando nos vio llegar por primera vez se alegró. “ustedes que vienen y yo que me voy” dijo algo apenado. Su familia lo esperaba en Cuba desde hacía meses. Entre las últimas cosas que cambiamos estaba el auto de mi mujer. Un Honda casi nuevo y bien caro. Lo cambiamos por un generador eléctrico diésel/solar que usábamos para la nueva casa.

barrioEl único lujo que mantuvimos fue la computadora. Entendimos que si necesitábamos información podíamos encontrarla fácilmente de esa manera. Esto probó ser una bendición cuando nos dimos cuenta que no sabíamos un divino sobre supervivencia en el campo. Teníamos suficiente agua pues un rio corría en medio y algunos árboles frutales crecían de forma irregular alrededor de las varias cuerdas de terreno. Por días degustamos de chinas, mangos, sorpresivamente habían tomates e incluso encontramos la bendición de que algunas viandas habían sido plantadas y crecían papas, yautías entre otros.

Buscando lugar para plantar algunas matas de orégano y cilantro encontramos un montón de Cannabis. Al principio fue bien gracioso imaginarme a mi padre, un tipo bien serio y medio religioso, fumando o vendiendo hierba. Después recordé escuchar que esta plantita podía ser usada para muchas cosas. ¡Bendito YouTube! Me puse a buscar y encontré que podía usarse para hacer telas, alimentar los animales y curar dolores menores. En esos días nos encontramos con la noticia de que seríamos padres por primera vez. Esto fue un bello desastre. Por un lado siempre quisimos prole, el problema es que estábamos viviendo en días donde hasta el canibalismo era algo relativamente común. Además en algunas ocasiones habíamos tenido que disparar personas que venían a robar nuestros alimentos. Al principio fue difícil, nos parecía suficiente el permitir que una u otra persona pasara y se llevara algún aguacate. El problema escaló a mayores cuando cruzaban las verjas para robarse una gallina o buscar donde dormir. Los cuerpos los quemamos para evitar cualquier contagio, no para deshacer la evidencia. Desde entonces el sueño se hizo escaso.

III

La única comunicación que teníamos era con los Perez y los Lopez. Estas dos familias eran nuestros vecinos inmediatos y habían comenzado una pequeña comuna que se sostenía de forma autónoma por medio de intercambios. Nos aceptaron gustosos debido a mi experiencia como mecánico y nosotros los recibimos con alegría por la oportunidad de añadir otras cosas a nuestro limitado menú. Hasta ese punto llevábamos meses subsistiendo de vegetales, leche y huevos. Me sentí tan imbécil cuando me sirvieron pescado de nuestro rio. Yo me crié en este campo pero tan pronto pude me fui al área metro y busqué la manera de quitarme el sello de jibaro así que había olvidado muchas cosas que recordé al probar ese bocado. Fue como si el cielo me dijera que las cosas tomarían tiempo pero estarían bien. Por primera vez, desde que comenzó la crisis tuve una sensación de paz. Una paz tan inefable, tan profunda y exquisita que me di permiso de llorar.

babyIsaías nació exactamente un mes después. Mi esposa dio a luz en casa de los López ya que doña Marta tenía experiencia como partera. Ese parto se celebró entre los hombres como si fuera el nacimiento de un nuevo mundo. Jorge Pérez, el hijo menor de don Alfredo me invitó a un trago de cerveza. Fría, cerveza fría de aquí. Estas cosas podían conseguirse si se conocía al contrabandista correcto. No era común que yo bebiera cerveza, pero esa efervescencia sentí mejor que cualquier vino caro.

Fue una buena idea el asociarnos; seis meses después nos dimos cuenta que los suministros de agua comenzaban a disminuir. Decididos a encontrar la razón, y sabiendo que el rio no sufría una sequía, nos dirigimos rio arriba. No fue tanto con sorpresa sino más bien con enojo que dimos con la respuesta. Algún riquito de apellido Riera decidió no irse a otro país para probar que tenía más bolas que medio universo se fue a vivir a una casona familiar. Su error fue pensar que estaba en derecho de hacer una pequeña represa para mantener la piscina que había construido.

Al llegar nos encontramos con una junta de sopla potes que hacían de guardia personal. En principio tratamos de dialogar pero una persona que no quiere ver el dolor ajeno solo aprende por medio del dolor propio. Aun cuando la violencia es reprochable nunca debe subestimar el poder de un padre y menos cuando ese hombre solo tiene para perder la vida de su familia. Me alegró saber que aun hay gente que le tiene miedo a la muerte. Algunos golpes bastaron para hacerle entender lo que el mejor de los argumentos no pudo.

Las primeras semanas después del parto mi esposa parecía otra. Aun cuando siempre mantuvo un buen humor ahora tenía una felicidad que parecía invencible. Curioso como la alegría es contagiosa. Junto a la obligación de una familia más grande el sentir su felicidad me permitía trabajar de sol a sol sin perder la paciencia. El día que mi hijo cumplió su primer año decidí que ya era hora de comenzar a sentir que esta vida era buena. Juntos, mi hijo y yo, plantamos junto al rio dos flamboyanes. Conforme fue creciendo mi esposa se fue encargando de que aprendiera a leer y escribir. Debido a que las escuelas no existían hacía algún tiempo y los intelectuales morían de hambre me preocupaba que se interesara en cosas que en la actualidad fueran irrelevantes. Por otra parte pensaba que Adelaida, mi señora, se aferraba desesperadamente a la complejidad de un pasado que ya no existía más que en recuerdos.

trabajoYo siempre busqué inculcarle a mi hijo el valor del trabajo. El que no trabaja no come porque el que tiene hambre y no trabaja termina robando. El que roba lo matan como a un perro. Desde que aprendió a caminar llevaba un azadón y un pequeño machete. No pretendía darle un arma de fuego, pero si llevaba un diminuto arco y aprendió a hacer flechas con pedazos de metal o piedras. Esto probó ser muy eficaz; no solo para posibles merodeadores que nunca faltaban. Sino porque logramos obtener otros alimentos. Uno jamás pensaría que una paloma sabe tan bien hasta que decide que el pollo es solo para ocasiones especiales.

IV

Un hombre siempre anhela y teme el día en que su hijo le sobrepase. Desde el principio estuve consciente que mi hijo necesitaba ser mejor que yo para echar pa’ lante. También estuve consciente que este era su mundo y desde que nació supe con algo de nostalgia que mi mundo ya no existía. Al menos me daba la calma de que los peores días de la crisis habían terminado. No volvíamos a la ciudad excepto en raras ocasiones para conseguir algo especial. En esos momentos comprobábamos con cautelosa alegría que poco a poco la gente recordaba cómo ser civilizados. No obstante algo siempre nos traía de vuelta a la realidad.

Uno de esos días volvíamos de la urbe y estaba desempacando algunas cosas cuando sentí una saeta cortar el viento cerca de mi pómulo derecho. No me asusté, estoy acostumbrado a las peripecias de mi hijo. Lo que me heló la sangre fue escuchar un grito de dolor. Al girar mis talones con angustia lo vi. El primer hombre herido por mi hijo. En su mano derecha tenía un gran cuchillo y si no fuera por aquel flechazo hoy yo no contaría esta historia. Sansón nuestro bulldog se abalanzó sobre el corpulento hombre y torcía la flecha con violenta rapidez. Adelaida se llevó a Isaías tan rápido como pudo mientras yo despachaba al infeliz. Al verlo a los ojos supe quién era. Uno de los amigos de Riera que probablemente fue enviado para convencerme de sus derechos sobre el rio. Sabiendo que un muerto no cuenta sobre reacciones preferí dejárselo saber yo mismo. Monté el cuerpo aún con algo vida, y sangrando en la guagua. Toqué a la puerta del vecino y lo puse frente a su casa, cuando abrió solo dije; “las cosas se hacen bien o mejor no se hacen”. Dándome media vuelta supe que ya no habría problemas y mucho menos faltaría el agua.

cultura3Preocupado por saber cómo el nene estaba soportando el trauma decidí explicarle ciertas cosas. La conversación me hizo darme cuenta que el estaba mejor preparado que yo para seguir viviendo; “Sai, tenemos que hablar.” Le dije apesadumbrado. Mirándome con su mirada infante y despreocupada preguntó. “¿sobre el tipo que maté?”. Su naturalidad me perturbó por lo cual quise asegurarle. “No mijo, tranquilo, tu no lo mataste.” Al notar mi tristeza tomó mi mano con una dulzura reconfortante. “Papi,” me dijo como si fuera yo el niño. “Hicimos lo que había que hacer. Esa es la obligación de los hombres; cuidar la casa.”

Quise decirle tantas cosas. Decirle que su obligación debió ser ir a la escuela aunque fuera a sacar malas notas. Su deber debía ser el portarse bien y no ver mucha televisión. Brincar la verja pa’ ligarse la vecina… que se yo. Su deber no debía ser el intentar matar a alguien. Pero sobretodo su deber no debería tener que pensar en ser hombre. Tratando de disimular mi frustración abracé su cuerpo cálido y lo escuché preguntar: “Papi ¿Qué es cultura?”. Sorprendido por su pregunta lo escuché continuar; “mami dice que lo que este país necesita es una cultura de paz, ¿Qué es eso?”. Sabiendo que no tenía las palabras correctas para explicarle le pedí unos días para poder definirlo mejor. Ese sábado, por primera vez desde que nació mi hijo, tome un día libre. Por primera vez nos preocupamos por descansar, nos fuimos al rio y al sentarnos bajo los flamboyanes, observamos caer suavemente sus primeras flores.

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