Nuestros amigos piensan: Melvin Rodríguez

Melvin“Me preocupa muchísimo que la literatura de este país (y el arte en general), que siempre han sido espacios de libertad, transgresión e irreverencia, se estén contaminando con personas que predican discursos de hipócrita doble vara, que se conciben como censores y paradigmas de la moral, y que usan la literatura y el espacio literario para imponer tales ideas. ¿Cuál es la puta competencia por creerse la más grande autoridad moral que camina el planeta? ¿Quién les dijo que eran mejores personas que el resto? ¿Por qué no se deciden entonces por una carrera religiosa? ¿Por qué insisten estar en un espacio que está en el total contrario de su discurso?

Es que de esto podría crearse casi un perfil psicológico, porque quienes más quieren decirles a los demás cómo deben vivir la vida, usualmente hacen lo mismo pero cubriéndose. Existe en sus cerebros algo enfermizo que les lleva a pensar que porque esconden lo que en su concepción del mundo es “malo”, pueden señalar al resto y pretender establecer reglas. ¿En qué se basan? ¿Cómo se le ponen reglas a un espacio libre como la literatura?

Me preocupa porque la literatura en el fondo parece importarles poco. Aunque se pronuncien como sus más ávidos defensores, las letras solo les sirven para sanar una falta de atención inmediata, una falta de reconocimiento, para el jangueo y la socialización, para el aspecto comercial, y en el peor de los casos para blandir la literatura como metralleta para perpetuar la marginación de grupos que siempre han sido marginados, o promover en los marginados la idea que deben permanecer en silencio, que es más cómodo vivir de rodillas que mandar al carajo a quién nos oprime (para colmo, casi siempre el comentario llega desde el privilegio, y peor aún, desde el privilegio gozado pero negado a rajatabla para ser “cool”).

Me preocupa la falsa concepción de la literatura y el arte como espacios de belleza simplona, privilegiada, de complacencia, la belleza que “no es ofensiva”, y que no se entienda la belleza de lo profundo, de lo horrible, de lo abominable, la belleza de retratar lo más asqueante y violento. Entérense que la literatura es mucho más que amor, “erotismo” sin lechazos ni clítoris, nostalgia por tiempos bonitos (descartando los episodios vergonzosos del pasado), feminismo “safe” (porque así se cantan pero son fieles bocinas repetidoras del discurso machista), patriotismo made in Taiwan, papito dios, y paráfrasis de mensajes tipo Paulo Coelho o Deepak Chopra. Si no está dispuest@ a convivir con todo lo demás que alberga la literatura el problema es usted, no lo demás.

Bajo esa falta de educación viene la censura, porque la santurronería siempre es así, el santurrón puede blandirla para imponer su criterio pero que nadie blanda el arte para transgredir, porque transgredir no es bonito ni suena a meme de reflexión barata. Todo tiene su espacio, lo preciosista debe existir, y también debe existir lo horrible, porque el arte es espejo y ficción de la realidad, y la realidad en la mayoría de los casos es horrible.

Si a usted le gusta lo preciosista y la santurronería, practique lo preciosista y la santurronería, pero no pretenda imponerlo como lo único o lo excelso (de hecho, los clásicos confirman todo lo contrario). Y más allá de eso, deje de ponernos el pie a quienes hacemos esto como trabajo, a quienes estudiamos nuestro arte porque lo respetamos.”

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